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Poemario Bienaventurados

Bienaventurados

Rodrigo Funes


Jesús y María


En la cuna de paja, Jesús soñaba,

María le cantaba con suave tono,

Más que a nada ella lo amaba,

Él era un rey, sin gloria ni trono.


Desde niño en sus brazos él descansaba,

cada gesto de ella era puro anhelo,

su mirada de la fe no se apartaba,

en su hijo, Jesús, halló consuelo.


De niño en sus brazos, dulce y amado,

creció bajo el cielo y el amor maternal,

y con el tiempo, su destino sagrado,

culminó en el amor del sacrificio final.


Al llegar la hora del cruel sacrificio,

María con valor no se apartó.

Ni la espada ni el cilicio,

se acercan al dolor que ella sintió.


Cuando Jesús colgaba de la cruz

María fue el pilar que no se quebró.

Antes de subir al Padre, a la luz,

Jesús a su madre encomendó.


La resurrección de Jesús fue un gran consuelo,

María en el cielo se unió a su hijo amado,

en la gloria eterna, al cruzar el velo

su amor en el cielo quedó consagrado.


Cada lágrima y fe, en el cielo son canto,  

cada ruego de amor, en gloria se eleva,  

y en el cielo eterno, su luz va brillando,  

un eco de fe que por siempre se lleva.


Así, en la eternidad, juntos descansan,

Madre e Hijo hoy en gloria brillan,

en cada oración y en cada esperanza

recordamos su amor ¡Qué maravilla!



Jesús y José


De Dios servidor y de María esposo,  

en su alma guarda un amor precioso.

Carpintero humilde, padre ejemplar,  

su vida sencilla es luz sin par.


El ángel le habla en sueños de fe,  

“Cuida del niño ¿Me oyes José?”  

No tiene duda en cumplir el llamado,  

en la noche huye, su paso es sagrado.


Sus manos trabajan, su alma medita,  

¿qué es lo que en su pecho habita?  

Con martillo en mano, un hombre capaz  

guía al niño Dios con amor y paz.


Él enseña al niño la senda del bien,  

la palabra sabia y el trabajo también.  

Y en su oración, en su ruego profundo,  

“Que mi Jesús crezca fuerte en el mundo.”


El peso inmenso que carga en su ser,

padre del Hijo que ha de nacer.

¿Sería José capaz de entender,

que Jesús al Diablo debía vencer?


Cuando Jesús repartía su caridad

¿cómo era su trato, su intimidad?  

Padre y Maestro, José fue su apoyo,  

firme y constante como el arroyo.


¿Dónde está José en la historia sagrada?  

¿Por qué su acción es poco mencionada?  

Tal vez su silencio es la gran lección,  

de amar sin palabras, pero de corazón.


Quizás en la sombra encuentra su honor,  

en ser el guardián de nuestro Señor.  

Quizás a riquezas no pudo acceder

pero en la humildad está su poder.


Pienso en su muerte, un acto callado,  

¿estaba Jesús allí, a su lado?  

¿Vio los cielos abrirse en bondad?  

¿Sintió él la paz de la eternidad?


Sé que orgulloso murió José,

Para nosotros es ejemplo de fe.

Sé que Jesús y José se amaron,

del uno y del otro cuidaron.



Jesús y Juan el bautista


Primos que en fe compartieron camino.

Más que sangre, lo unió el destino.

Cumplida la profecía de Isaías,

en el cielo gozo y melodías. 


La misión de Juan, en tierra sagrada,

fue ser precursor de la llegada

de nuestro salvador Jesucristo,

claramente no estaban listos.


En el desierto, su voz resuena fuerte,

Pero su corazón nadie convierte.

De toda comodidad prescinde,

Juan predica y su fe nunca se rinde


En aguas claras Juan de pie espera,

el río en calma, la misión sincera.

El Mesías al fin se le revela,

la Biblia es más que una novela.


El Espíritu en forma de paloma,

baja a Jesús, su bendición asoma.

Llegó el momento tan esperado

Dios dijo: “Este es mi hijo amado”.


Su fe compartida, fuerte y devota,

el canto de amor nunca se agota.

“Que Él crezca y yo disminuya”

Como el sol hace con la luna.


La decapitación, amarga y cruel,

fue en nombre del gran Emmanuel.

Es testimonio de fe y devoción,

Juan con éxito cumplió su misión.


Lo que se hace por Dios no es en vano,

testigo es el desierto lejano.

Al lado de Cristo hoy descansa Juan,

los pies en la orilla del río Jordán.



Jesús y Lázaro


Jesucristo lloró por su amigo, 

al otro lado del Jordán estaba.

En Betania se mecía el trigo,

Jesús a Lázaro mucho amaba.


“Señor, el que amas está enfermo”

el llanto de Jesús cubrió la tarde,

su verano se tornó en invierno,

susurros fríos, fuego que arde.


El Cristo no ocultaba su dolor,  

como hombre él también lloraba.

Sus lágrimas, el rocío de la flor,

a Marta y a María Él apoyaba.


El pueblo ve el dolor y se conmueve,  

jamás pensó que el Cristo así llorara.  

Cuatro días, Lázaro no se mueve

y dijeron: “Mirad cómo le amaba”.


“Nuestro amigo Lázaro duerme”.

La piedra fue movida por mandato.  

“Hoy la gloria de Dios, van a creerme”,

de la muerte canceló el contrato. 


Clamó a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!”

Y el sepulcro se llenó de luz.

No hay quien la muerte obedeciera,

hasta que a la tierra llegó Jesús.


La muerte perdió allí toda su gloria,  

Jesús demostró que era el cristo.

Un momento grabado en la historia,

bajo el sol de Betania fue visto. 


Los pies de Lázaro andaban nuevamente,  

el pueblo con asombro miraba.

Fariseos y sacerdotes presentes,

no había quien el milagro negara.


Lázaro como flor en nueva vida,

en compañía de Marta y María,

con fe firme, en la senda unida

siguieron a Cristo con alegría.


No fue la muerte quien venció aquel día,  

ni el llanto de Jesús fue en vano.

“Yo soy la resurrección y la vida”

Por esta razón somos cristianos.



Jesús y Pilato


Jesús ante él con silencio aparece,

no pide clemencia, no busca perdón.

Es Pilato quien al César obedece,

pues teme perder control de su nación.


La turba exigía en grito avaro,

clamaba la muerte con cruel astucia.

No se le permitió presentar amparo

al Cristo, ante acusación tan sucia.


"Mi reino no es de este mundo", susurra,

y Pilato, al verlo, comprende al fin:

Que lo que ese día ocurra,

será más importante que cualquier motín.


Lavó sus manos, pero no su alma,

eso Pilato lo sabía bien.

Vio de sangre cubiertas sus palmas,

culpable de su muerte era también.


Lavó sus manos, pero no quería,

el agua no logró limpiar el pesar.

A ser el mismo jamás volvería,

de satanás nunca logró escapar.


Jesús con su calma no lo culpaba,

sabía que el miedo lo haría caer.

Ya su momento se acercaba,

pronto la cruz iría a traer.


El pueblo clamaba y alzaba su voz,

la cruz ya esperada debía venir.

La muerte esperaba ya con su hoz, 

Pilato esa noche no pudo dormir.


El rostro de Cristo alzado en la cruz,

en sueños apareció al gobernador.

Envuelto en tinieblas, sin nada de luz,

supo que de los cielos fue traidor.


De su esposa la advertencia,

resonaba aún como un eco fatal:

“No condenes al judío a sentencia

y por favor, no lo vayas a matar”. 


El juicio pasó, pero en su interior

Pilato llevaba la culpa a cuestas.

Así como Cristo en el exterior,

llevaba la cruz por las culpas nuestras


El sol se ocultaba y la cruz alzada,

"Consummatum est" exclamó el Cristo.

Su alma al cielo fue llevada,

por toda Jerusalén fue visto.


Así, en el silencio de aquella noche,

Pilato quedó en su amarga prisión.

Mientras Jesús sin llanto ni reproche,

terminó con éxito la cruel pasión.


Jesucristo venció a la muerte

más Pilato nunca volvió a dormir.

En adelante, maldita fue su suerte,

su único consuelo fue morir.

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