No hay tiempo ni distancia
Rodrigo Funes
En un rincón del tiempo, toma lugar ésta historia. Es una de esas historias, donde el destino, con sus misteriosos hilos, tejió un encuentro que comenzó en un campamento de verano, en medio de un bosque lleno de susurros y cantos de pájaros. Allí, dos adolescentes, Javier e Isabel, se cruzaron por primera vez, y aunque las circunstancias los separaron, el amor que nació entre ellos jamás se extinguió. Es un cuento sobre la espera, sobre la magia del primer amor, y sobre cómo, a veces, los corazones que están destinados a estar juntos siempre encuentran su camino de regreso, sin importar cuántos obstáculos se interpongan. Aquí comienza su historia, una que habla de la fuerza del amor verdadero, ese que trasciende el tiempo y el espacio, y que, como un faro en la oscuridad, guía a los amantes hacia su inevitable destino.
Javier e Isabel se conocieron cuando apenas tenían quince años, en un campamento de verano que dejó una huella imborrable en sus corazones. En medio de un frondoso bosque, Javier vio a Isabel por primera vez. En ese instante, el tiempo pareció detenerse, como si el universo o Dios mismo hubiera preparado ese encuentro.
Isabel, con su cabello castaño que ondeaba suavemente con el viento, tenía una sonrisa preciosa y unas pecas que parecían haber sido pintadas por el propio Miguel Ángel. Sus ojos, de un café profundo y brillante, lo cautivaron al instante. Era como si el cielo mismo se hubiera posado en su mirada, reflejando la pureza, la bondad, y una dulzura que envolvía todo a su alrededor. Javier sintió que su corazón, antes sereno, comenzó a latir con una rapidez desconocida, como si su alma hubiera reconocido en Isabel a su otra mitad.
Cada vez que Isabel reía, el sonido llenaba el aire como una melodía que tocaba las fibras más sensibles del corazón de Javier. Sus gestos delicados, la manera en que sus labios se curvaban al sonreír, la gracia con la que se movía… Todo en ella era un poema a la belleza y a la vida. Javier no podía dejar de mirarla, cautivado por la elegancia natural con la que Isabel parecía deslizarse por el mundo. Era como si ella perteneciera a una dimensión diferente, una en la que todo era perfecto.
Durante aquel campamento, Isabel y Javier compartieron momentos que quedarían grabados para siempre en sus memorias. Sus risas se mezclaban con el canto de las aves bajo la sombra de los árboles, y sus conversaciones hacían eco en lo más profundo de sus corazones , mientras las nubes y el sol, eran los únicos testigos de su creciente amor. Aunque en el fondo de su alma, Javier sabía que lo que sentía por Isabel era algo más que una simple amistad, las circunstancias no permitieron que su amor floreciera en ese momento. Al final del campamento, ambos regresaron a sus vidas, y el contacto entre ellos se desvaneció como la niebla, como el humo que sube al cielo. Javier se fue con el corazón lleno de un amor no correspondido.
Pasaron dos años, y como si el universo hubiera estado esperando el momento perfecto, ambos regresaron al mismo campamento. Ninguno sabía que el otro estaría allí, pero al reencontrarse, la chispa que Javier había sentido años atrás se encendió con más fuerza, iluminando todo a su alrededor. Esta vez, Isabel también lo sintió. Sus miradas se cruzaron, y en ese instante, Javier supo que nunca había dejado de amarla. Pero nuevamente, la vida parecía tener otros planes, y el amor que surgía entre ellos se vio truncado. Al finalizar el campamento, los dos se dijeron adiós, un adiós frío, lleno de duda pena.
Javier se marchó poco después a Chile, en donde vivió 2 años por trabajo. La distancia lo obligó a renunciar incluso a la esperanza de un querer. Durante ese tiempo, no hubo ni una sola carta, ni un solo mensaje entre ellos. A pesar de esto, en el fondo de su corazón, Javier nunca dejó de pensar en Isabel. Cada noche, antes de dormir, recordaba su risa, sus ojos, su presencia, deseando con todo su ser que el destino los reuniera nuevamente. Pero el tiempo y la distancia le hicieron creer que tal vez nunca la volvería a ver, que quizá Isabel solo había sido un sueño hermoso que se desvaneció con la luz del día. Que quizás sólo había sido una cruel coincidencia, el contacto de un amor que no tendría nunca más.
Dos años después, Javier regresó a casa. Aunque se sentía satisfecho con el trabajo desempeñado, en el fondo de su corazón, la soledad de no haber encontrado a su amor verdadero lo consumía. Pensaba que tal vez el amor no era algo que el destino le tenía reservado. Se sentía vacío, como si la vida le hubiera arrebatado la única oportunidad de ser realmente feliz.
Un día, mientras revisaba sus redes sociales, recibió un mensaje inesperado. Era de Isabel. Su corazón dio un vuelco al ver su nombre en la pantalla, como si una tormenta de emociones lo arrasara de golpe. Sin pensarlo ni un segundo, Javier le escribió de vuelta. Desde ese primer mensaje, algo en ellos renació, como si el tiempo no hubiera pasado, como si cada uno de esos días distantes solo hubiera sido una introducción para lo que estaba por venir.
Decidieron verse, y su primera cita fue en un restaurante, temprano en la mañana. Javier llegó con anticipación, ansioso y nervioso, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. No sabía qué esperar, pero cuando vio a Isabel entrar, todo el nerviosismo desapareció. Estaba tan hermosa como la recordaba, quizá más. El tiempo había añadido una madurez a su belleza, una seguridad en su porte que la hacía aún más irresistible, ya no era una niña... ahora era una mujer. Llevaba un vestido blanco que resaltaba la suavidad de su piel, y cuando sonrió al verlo, Javier sintió que el mundo se volvía a detener, tal como lo había hecho aquella primera vez en el campamento.
Mientras desayunaban juntos, las horas se esfumaron en medio de conversaciones profundas y sinceras, como si cada palabra fuera un paso hacia la reconexión. Hablaban de sus sueños, de lo que habían vivido durante esos años separados, y en cada respuesta, en cada risa compartida, Javier supo que la amaba. Era como si ese amor hubiera estado esperando pacientemente, creciendo en lo profundo de su ser, solo para este momento.
Después del desayuno, decidieron ir al cine. La oscuridad de la sala los envolvía mientras una película se proyectaba en la pantalla, pero para Javier, el verdadero espectáculo estaba a su lado. Isabel, sin decir nada, se recostó en su pecho, y él, con ternura infinita, entrelazó su mano con la de ella. Fue un gesto sencillo, pero para ambos significó todo. En ese instante, el mundo volvió a desaparecer, dejando solo a Javier e Isabel, unidos por un amor que había superado el tiempo y la distancia.
Cuando la película terminó, salieron a caminar bajo un cielo que comenzaba a teñirse de tonos rosados y naranjas. Caminaron por horas, hablando de sus sueños, de sus miedos, y de todo lo que habían vivido durante esos años de separación. Cada palabra los acercaba más, cada confesión era un ladrillo más en la construcción de una casa llena de amor que ambos sabían que un día llegarían a tener juntos.
Finalmente, Javier, que había soñado con besarla durante tanto tiempo, se detuvo, la miró a los ojos, esos ojos café que tanto amaba, y, sin decir una palabra, la besó. Fue un beso lleno de promesas, de anhelos cumplidos, de años de espera. En ese instante, ambos supieron que no había nada en el mundo que pudiera separarlos de nuevo. Se abrazaron bajo el cielo que ahora brillaba con las primeras estrellas de la noche, sellando su amor con un beso que prometía un futuro juntos.
A partir de ese día, Javier e Isabel supieron que no era coincidencia que sus caminos se hubieran cruzado tantas veces. El destino, con sus misteriosos hilos, los había unido de una manera que ninguno de los dos podía explicar. Se prometieron no separarse nunca más, conscientes de que el amor que compartían era algo único, algo que el tiempo y la distancia no habían podido destruir.
Y así, con la certeza de que habían encontrado en el otro su hogar, caminaron juntos hacia un futuro lleno de esperanza, con la convicción de que, pase lo que pase, siempre estarían el uno para el otro. Porque cuando el amor es verdadero, ni el tiempo ni la distancia pueden desvanecerlo. Javier sabía, en lo más profundo de su corazón, que Isabel era su destino, su sueño hecho realidad, la mujer que había esperado toda su vida. E Isabel, al ver la devoción en los ojos de Javier, supo que no importaba lo que el futuro les deparara, su amor sería eterno, un amor que, como en los cuentos de hadas, duraría para siempre.
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