Adiós París
Rodrigo Funes
Era el bailarín más aclamado de la Ópera de París. Un
verdadero prodigio centroamericano que, sin tener una familia en el mundo del
espectáculo ni contactos poderosos, había logrado lo que muy pocos: una carrera
brillante e impecable en el ballet. Thomas Lorda era como un ave en su hábitat natural
cuando se encontraba en el escenario. Era un hombre hermoso: sus músculos y delicadas
facciones parecían esculpidas por los mismos ángeles. Francia lo adoraba, sus
colegas lo respetaban, y fuera del escenario, su vida también era elegante, perfecta
y envidiada. Thomás era y tenía todo lo que un hombre pudiera desear: dinero,
lujos, mujeres, juventud y belleza. Todo lo que tocaba se convertía en oro, era
el rey Midas de la actualidad. Su aparición en el escenario significaba teatro
lleno, cobertura a nivel internacional y ganancias, muchas ganancias. Thomas
Lorda era La crème de la crème del ballet.
Sin embargo, su vida perfecta y envidiable, no era
precisamente una historia de éxito sin manchas. De un momento a otro, las
sombras de su pasado saltaron a la luz y oscurecieron todo el panorama. Hace un
par de años, en una pequeña y ambiciosa compañía de danza, compartió más que
solo coreografías con algunas compañeras. Dos bailarinas jóvenes, igual de
ambiciosas, tenían tanto fuego y deseo de triunfar que Thomas, con su encanto
natural e influencia, rápidamente se convirtió en el centro de su atención y
devoción. Los encuentros fueron secretos, y se dieron tanto por el deseo carnal
que existía entre ellos como por el interés de avanzar en sus carreras. A
cambio de unas noches con Thomas, ambas planeaban obtener papeles importantes. Pero
esos roles nunca llegaron y su boleto al éxito fue transferido de compañía para
ser visto por ellas nunca más. Las decepciones empezaron a acumularse, y el resentimiento
se convirtió en odio. Ellas jamás se lo perdonarían y buscarían venganza. Marie
y Jeanne sabían perfectamente que Thomas había alcanzado mucho éxito
profesional y ese era el momento perfecto de atacar.
Era un lunes cualquiera cuando, en la cima de su carrera,
llegó la primera acusación. Las noticias se esparcieron como pólvora en el
mundo del arte: Thomas Lorda, el talentoso centroamericano, había abusado de 2
compañeras durante sus años de formación. Marie, quien fue la primera en
denunciarlo, contó cómo Thomas la manipuló en ensayos privados de una pequeña
compañía de danza en Lyon, haciéndole creer que el papel protagónico dependía
de su cercanía con él. “Dijo que si era capaz de satisfacerlo, pondría el
mundo a mis pies”. Compartió Marie con los medios.
No pasó mucho tiempo después de la primera denuncia para que
Jeanne, una bailarina que también había tenido un breve romance con Thomas,
respaldara la denuncia de Marie, y su historia de abuso se convirtiera en
titular de todos los diarios. Los medios no tardaron en lanzarse a recopilar
cada detalle. El diario más importante de París lo calificó de
"depredador", y otros medios internacionales hicieron lo mismo,
alimentando el escándalo. Programas de televisión, columnas de opiniones y una
lluvia de artículos en internet empezaron a surgir; algunos lo condenaban como
un claro ejemplo de abuso de poder en el mundo del ballet, mientras que otros,
con un enfoque más cauteloso, insinuaban la posibilidad de una conspiración. Por
supuesto, todos sabemos que nadie hace click en los titulares que
defienden la inocencia del acusado… si el pueblo pide sangre, Francia les da
sangre.
El mundo del bailarín se caía a pedazos. Hasta los que
conocían a Thomas de verdad decidieron guardar silencio, temerosos de verse
involucrados con alguien a quien ya el público había declarado culpable. Sus
mentores, amigos y pareja le dieron la espalda, se quedó sólo. Por primera vez,
Thomas sintió el frío de esos pasillos vacíos y las miradas críticas de quienes
alguna vez fueron sus admiradores. Las invitaciones a fiestas y cenas se
esfumaron, y esos jugosos contratos que antes parecían llegar sin parar se
convirtieron en cenizas. No solo fue suspendido de la Ópera de París; su
imagen, que antes era venerada, desapareció de los carteles. Las marcas que
respaldaban sus giras rompieron sus acuerdos, y su saldo bancario empezó a
reducirse rápidamente debido a la falta de ingresos. Y para colmo, los
problemas legales no tardaron en llegar.
A pesar de todo lo que se decía sobre él, Thomas decidió no
rendirse. Tenía claro que esas relaciones habían sido consensuadas y, confiado
en su inocencia, se preparó para enfrentar la batalla legal que tenía por
delante. Su abogado, Pierre Leroy, uno de los más reconocidos en casos de
difamación, le advirtió que este tipo de situaciones rara vez se resolvían en
un tribunal; el verdadero juicio se libraba en la opinión pública y que si
quería callar futuras acusaciones no le sería barato. Pero Thomas estaba
decidido a limpiar su nombre, incluso si eso significaba pasar la corte y
gastar cada centavo que tenía, al final… él era el rey Midas del ballet ¿no?
En el tribunal, Marie y Jeanne compartieron su versión de los hechos con detalles que impactaron a todos, hablando de momentos en los que se sintieron manipuladas emocionalmente y controladas por Thomas. Hablaron de favores sexuales que le proporcionaron al bailarín a cambio de papeles protagónicos que jamás llegaron. Se sentían usadas y manipuladas. Los medios de comunicación estaban al tanto de cada jornada de las audiencias, sacando a la luz frases clave y tergiversando miradas y silencios, lo que alimentaba la imagen de Thomas como un verdadero monstruo, un tipo astuto que sabía cómo atrapar mujeres en sus juegos de poder. En un artículo de un periódico importante de Europa, se decía que Thomas tenía un “patrón de abuso emocional” y que su encanto no era más que una fachada para ocultar a un hombre implacable y extremadamente ambicioso.
A medida que escuchaba cada declaración en su contra, Thomas
sentía que su mundo se venía abajo. Los amigos de toda la vida se iban
alejando. Algunos de sus exnovias fueron acosadas por los medios, que no
paraban de preguntarles si habían pasado por algo similar. Toda Francia quería
saber cómo era estar con Thomas Lorda cara a cara. Aunque ninguna dijo haber
tenido una mala experiencia con el bailarín en el pasado, incluso esas
entrevistas se tomaban como si fueran señales de que Thomas también había
logrado manipular sus silencios.
Las pruebas que se presentaron en su contra resultaron ser
bastante inconsistentes. Algunos mensajes de texto, que contenían intercambio
de cumplidos y coqueteo, nada serio. Tanto Marie como Jeanne habían borrado
conversaciones y fotos, haciendo sus declaraciones cada vez menos sólidas. Sin
mencionar el excelente trabajo de Pierre Leroy, el abogado de Thomas, dentro de
la corte. A pesar del gran desempeño del defensor, Thomas debía lidiar con el
problema de los medios, en donde nadie podía ayudarlo.
Después de semanas de testimonios agobiantes y de lidiar con
un público que parecía haberlo condenado desde el principio, al final el
tribunal declaró a Thomas inocente. No hubo evidencia clara de abuso, y las
diferencias en las versiones de Marie y Jeanne llevaron al juez a archivar el
caso.
A pesar de eso, la absolución se sintió como un triunfo
vacío. La maquinaria de los medios ya había hecho su trabajo, y aunque su
inocencia fue reconocida, la imagen de Thomas había quedado completamente
dañada. Las oportunidades en Europa seguían cerradas y los productores,
preocupados por la reacción del público, no estaban dispuestos a arriesgarse a
incluirlo en sus proyectos, a pesar de su indudable talento.
Sin nada más por lo que pelear en Francia, Thomas tomó un
vuelo a Estados Unidos, con la esperanza de encontrar allí una segunda
oportunidad. Cuando Thomas Lorda subió al avión hacia Estados Unidos, lo hizo
sintiéndose como un hombre desterrado. Su cuerpo, aún fuerte y recto,
acostumbrado a la rigurosa disciplina de la danza, parecía a punto de romperse
como un vidrio. Había conseguido que el tribunal francés lo absolviera, pero
sabía que no sería fácil escapar de la imagen tan distorsionada que los medios
tan amablemente habían difundido sobre él. Europa, que alguna vez lo había
recibido con los brazos abiertos, ahora le daba la espalda. En sus ojos, un
país entero lo veía como un hombre sin posibilidad de redención, una figura que
ya no tenía lugar ni en el escenario ni en la tierra de la que tanto se
enorgullecía. Su exilio era un hecho, y no quedaba más que aceptar esa pena sin
posibilidad de apelación.
En el avión, rodeado por el estruendo de los motores, tenía
la sensación de que cada kilómetro que pasaba hacia el otro lado del océano lo
arrancaba de su identidad, de su historia, y todos esos años de esfuerzo que
dedicó para alguna vez alcanzar la cima. Miraba desde la ventanilla cómo las
luces de París se desvanecían, y una especie de vértigo lo envolvía, un vacío
que le atravesaba el pecho. Esa ciudad que lo había moldeado, que le había
enseñado lo que era el arte y la disciplina, que le había dado las ovaciones
más intensas y le había hecho sentir invencible, ahora lo echaba como si su
vida entera hubiera sido un error, un engaño. Se aferró a los apoyabrazos y
cerró los ojos, luchando por contener una ola de desesperación y llanto que
apenas lo dejaba respirar.
Al llegar a Estados Unidos, los medios locales lo
presentaron como un hombre que había renacido. “La leyenda cae y vuelve a levantarse,
en la tierra de las oportunidades” decían las revistas de arte en Nueva York. Sabía
que no era el mismo, que aunque su danza y técnica seguía siendo perfecta,
nadie lo vería igual jamás. Se veía a sí mismo como un cántaro roto, incapaz de
retener el agua que antes desbordaba de él. La sonrisa que solía mostrar a los
periodistas, esa mezcla de arrogancia y encanto que hacía suspirar a críticos y
al público, había desaparecido de su rostro. Ahora su mirada era humilde, y sus
movimientos estaban tan calculados que perdía autenticidad.
Las puertas de algunos teatros se abrieron para él, y los
directores en Estados Unidos lo recibieron con ese entusiasmo cauteloso de
quien sabe que está apostando en algo arriesgado. Pero nada era igual. Cada
paso que daba sobre el escenario era un recordatorio de su amada París. Con
cada ovación, era como si oyera un eco de su pasado, una burla silenciosa que
le recordaba que, aunque su talento seguía siendo innegable, su alma estaba
rota.
Las audiencias aplaudían, claro, pero Thomas sentía que esos
aplausos no eran para él. En Europa, el aplauso había sido su sustento, su
adicción, su todo. Aquí, cada palmada era un recordatorio de que ya no era
amado, sino solo tolerado, usado. Los productores le ofrecían contratos
modestos, roles que en su momento hubiera rechazado con desdén. Esa ciudad, que
lo había recibido con brazos abiertos, no entendía el vacío que sentía. Nadie
podía ver las grietas que cada ovación reabría en su pecho, porque nadie,
excepto él, recordaba el verdadero esplendor que alguna vez le perteneció.
Y así, noche tras noche, Thomas bailaba, consciente de que
jamás volvería a Francia y de que, aunque había logrado recapitalizarse y que
era afortunado de aún poder seguir bailando, nada sería como antes, su carrera
había terminado. “Espero que Marie y Jeanne sean más felices y esto no haya
sido por gusto”. Se decía el bailarín a sí mismo.
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