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Cuento: Cartas de pólvora

 

Cartas de pólvora

Rodrigo Funes


La guerra parecía no terminar. El príncipe Juan Pablo se hallaba en esas tierras remotas dirigiendo a su ejército hacia la victoria. Su padre, el rey, lo había educado en todas las ciencias y lo había convertido en un gran estratega militar. Las noches eran frías y largas. Dormir era casi imposible debido al ruido de las bombas. La tierra temblaba y la tensión era palpable. A pesar de lo complejo de la situación y de su corta edad, el príncipe permanecía inmóvil, sereno en la penumbra de su tienda, únicamente iluminada por la frágil luz de una vela que amenazaba con apagarse con cada detonación.

 

Juan Pablo había llevado consigo un cuaderno, un regalo de su amada. Lo cuidaba con su propia vida, como si fuera una extensión de ella, de Diana. Ella se lo había dado antes de que él partiera con fin de que escribiera sus memorias, así ella podría leerlas a su regreso.  Cada página representaba un aliento, cada palabra, un daño abierto que solo ella podría curar, pero que seguía sangrando, debido a la enorme distancia que los separaba. Nada le dolía más a Juan Pablo que estar lejos de ella. Se habían comprometido hace meses, pero la maldita guerra lo había alejado de Diana y eso le partía el corazón.

 

"Diana, amada mía, -inició con un gesto tembloroso- no puedes imaginar el dolor que supone estar aquí sin ti. Las bombas, los gritos y la sangre no se comparan a nuestra distancia, tampoco logran opacar este dolor que en mi pecho siento. Sería más conveniente que la pólvora me envolviera y me quitara la vida, antes que seguir viviendo sin el tacto suave de tus manos, sin lo tierno de tus pechos, sin el sabor de tus labios y la melodía de tu voz.

 

En el exterior, los lamentos de los hombres en lucha y el rugido de las armas inundaban la noche. Aunque consciente y preocupado por su ejército, en su mente, en ese rincón sagrado donde prevalecía el amor, Diana estaba siempre presente. Con cada letra que escribía, la distancia se transformaba en una daga que se incrustaba sin compasión en su corazón. 


"Diana, si tan solo comprendieras la intensidad de mi sentir y el deseo de verte, de tenerte cerca, aunque sea por un momento. Aunque mis manos pudieran rozar apenas la tela de tu vestido yo sería feliz. Aunque no pudiera más que oler el olor que desprende tu cabello al caminar y lo dulce de tu perfume. Si tan sólo pudiera verte dormir como lo hacía antes, aunque no pudiera hacerte mía ¡No importa! -Golpea la mesa- Si tan sólo estuvieras aquí, yo sería diferente. La guerra me ha obligado a ser duro al tomar decisiones y conforme pasa el tiempo, he llegado a pensar que tú eres lo único que me permite seguir siendo humano.”

 

La vela parecía decaer, como si ella también no pudiera aguantar el peso de esas palabras. En el exterior, los bombardeos se aproximaban progresivamente, y él, envuelto por la muerte y el sufrimiento de sus hombres, experimentaba en su pecho un vacío superior al ruido de las bombas.

 

Ni mil triunfos bastan para sanar el daño de no contar contigo. He presenciado la caída de hombres, la deserción de amigos, pero ninguna pérdida duele tanto como la tuya, Diana. Al no estar tú, es como si una porción de mí ya no existiera. Si no amara tanto a mi padre, habría abandonado estas tierras extranjeras hace mucho, pero no puedo. Él confía en mí y sabes que le debo todo. Si por mí fuera esta noche estaría a tu lado, pero yo aún no soy rey.”

 

El príncipe cerró sus ojos y permitió que su frente reposara sobre la mesa en la que escribía. No había nadie en esa tierra extraña a quien el pudiera abrir su alma, con quien ser sincero, únicamente ese cuaderno. Sus hombres necesitaban un líder, alguien firme e inamovible ante la adversidad, porque si el caía ¿Qué sería del ejercito?


"Mi amor, -continuó- no puedo aguantarlo. He tratado de ser fuerte, he tratado de persuadirme de que este padecimiento es parte de mi destino como futuro rey. Intento convencerme de que algún día las estrellas tendrán compasión por nosotros y nos permitirán volver a estar juntos. Cada segundo que transcurre sin ti compañía es una nueva tortura. Diana, si por algún motivo nunca puedo regresar, si esta guerra me priva de ti, quiero que sepas que te amo. Presiento tendré éxito y nuestro reencuentro es la mayor de mis motivaciones, pero si algo me llegara a pasar, te haré llegar este cuaderno, para que sepas que cuando me encontraba en las profundidades del infierno tú eras mi fortaleza

 

Noche tras noche, mientras el mundo se derrumbaba en su entorno, el príncipe escribía sus sentimientos en ese cuaderno. Entendía, en esencia, que Diana tal vez nunca las leería, pero no podía parar; eran su único consuelo en ese torbellino de oscuridad. Confiaba en que volvería a casa con éxito y su padre lo amaría. Confiaba en que llegaría a decir “Sí, acepto” en el alatar junto a Diana.

 

Finalmente, con un suspiro desesperado, abandonó su pluma y sujetó el cuaderno contra su pecho, como si al hacerlo pudiera de algún modo percibir el calor de su amada. Y en esa interminable noche, al compás de las bombas y el rugido incesante de los soldados, el príncipe salió a unirse a la batalla. Sabiendo con toda certeza que no importaba lo que le pasara ahí afuera, no había dolor más grande, que estar lejos de Diana.

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