Cartas de pólvora
La guerra parecía no terminar. El príncipe Juan Pablo se
hallaba en esas tierras remotas dirigiendo a su ejército hacia la victoria. Su
padre, el rey, lo había educado en todas las ciencias y lo había convertido en
un gran estratega militar. Las noches eran frías y largas. Dormir era casi
imposible debido al ruido de las bombas. La tierra temblaba y la tensión era
palpable. A pesar de lo complejo de la situación y de su corta edad, el
príncipe permanecía inmóvil, sereno en la penumbra de su tienda, únicamente iluminada
por la frágil luz de una vela que amenazaba con apagarse con cada detonación.
Juan Pablo había llevado consigo un cuaderno, un regalo de
su amada. Lo cuidaba con su propia vida, como si fuera una extensión de ella,
de Diana. Ella se lo había dado antes de que él partiera con fin de que
escribiera sus memorias, así ella podría leerlas a su regreso. Cada página representaba un aliento, cada
palabra, un daño abierto que solo ella podría curar, pero que seguía sangrando,
debido a la enorme distancia que los separaba. Nada le dolía más a Juan Pablo
que estar lejos de ella. Se habían comprometido hace meses, pero la maldita
guerra lo había alejado de Diana y eso le partía el corazón.
"Diana, amada
mía, -inició con un gesto tembloroso-
no puedes imaginar el dolor que supone estar aquí sin ti. Las bombas, los
gritos y la sangre no se comparan a nuestra distancia, tampoco logran opacar
este dolor que en mi pecho siento. Sería más conveniente que la pólvora me
envolviera y me quitara la vida, antes que seguir viviendo sin el tacto suave
de tus manos, sin lo tierno de tus pechos, sin el sabor de tus labios y la
melodía de tu voz.”
En el exterior, los lamentos de los hombres en lucha y el
rugido de las armas inundaban la noche. Aunque consciente y preocupado por su
ejército, en su mente, en ese rincón sagrado donde prevalecía el amor, Diana estaba
siempre presente. Con cada letra que escribía, la distancia se transformaba en
una daga que se incrustaba sin compasión en su corazón.
"Diana, si tan
solo comprendieras la intensidad de mi sentir y el deseo de verte, de tenerte
cerca, aunque sea por un momento. Aunque mis manos pudieran rozar apenas la
tela de tu vestido yo sería feliz. Aunque no pudiera más que oler el olor que
desprende tu cabello al caminar y lo dulce de tu perfume. Si tan sólo pudiera
verte dormir como lo hacía antes, aunque no pudiera hacerte mía ¡No importa! -Golpea la mesa- Si tan sólo estuvieras aquí, yo sería
diferente. La guerra me ha obligado a ser duro al tomar decisiones y conforme
pasa el tiempo, he llegado a pensar que tú eres lo único que me permite seguir
siendo humano.”
La vela parecía decaer, como si ella también no pudiera
aguantar el peso de esas palabras. En el exterior, los bombardeos se
aproximaban progresivamente, y él, envuelto por la muerte y el sufrimiento de
sus hombres, experimentaba en su pecho un vacío superior al ruido de las
bombas.
“Ni mil triunfos
bastan para sanar el daño de no contar contigo. He presenciado la caída de
hombres, la deserción de amigos, pero ninguna pérdida duele tanto como la tuya,
Diana. Al no estar tú, es como si una porción de mí ya no existiera. Si no
amara tanto a mi padre, habría abandonado estas tierras extranjeras hace mucho,
pero no puedo. Él confía en mí y sabes que le debo todo. Si por mí fuera esta
noche estaría a tu lado, pero yo aún no soy rey.”
El príncipe cerró sus ojos y permitió que su frente reposara
sobre la mesa en la que escribía. No había nadie en esa tierra extraña a quien
el pudiera abrir su alma, con quien ser sincero, únicamente ese cuaderno. Sus
hombres necesitaban un líder, alguien firme e inamovible ante la adversidad,
porque si el caía ¿Qué sería del ejercito?
"Mi amor, -continuó- no puedo aguantarlo. He tratado de ser fuerte,
he tratado de persuadirme de que este padecimiento es parte de mi destino como
futuro rey. Intento convencerme de que algún día las estrellas tendrán
compasión por nosotros y nos permitirán volver a estar juntos. Cada segundo que
transcurre sin ti compañía es una nueva tortura. Diana, si por algún motivo
nunca puedo regresar, si esta guerra me priva de ti, quiero que sepas que te
amo. Presiento tendré éxito y nuestro reencuentro es la mayor de mis
motivaciones, pero si algo me llegara a pasar, te haré llegar este cuaderno,
para que sepas que cuando me encontraba en las profundidades del infierno tú
eras mi fortaleza”
Noche tras noche, mientras el mundo se derrumbaba en su
entorno, el príncipe escribía sus sentimientos en ese cuaderno. Entendía, en
esencia, que Diana tal vez nunca las leería, pero no podía parar; eran su único
consuelo en ese torbellino de oscuridad. Confiaba en que volvería a casa con
éxito y su padre lo amaría. Confiaba en que llegaría a decir “Sí, acepto” en el
alatar junto a Diana.
Finalmente, con un suspiro desesperado, abandonó su pluma y
sujetó el cuaderno contra su pecho, como si al hacerlo pudiera de algún modo
percibir el calor de su amada. Y en esa interminable noche, al compás de las
bombas y el rugido incesante de los soldados, el príncipe salió a unirse a la
batalla. Sabiendo con toda certeza que no importaba lo que le pasara ahí
afuera, no había dolor más grande, que estar lejos de Diana.
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