A través de Europa: Belleza y eternidad
Rodrigo Funes
Emprendí mi viaje por europa con nada más que un sueño: conectar con Dios. Para mí, fue un recorrido no sólo por sus paisajes y monumentos, sino por los rincones de mi espíritu. Quería descrubir los misterios de Dios a traves de la belleza que europa me ofrecía y así lo hice.
Alemania
Alemania me recibió con un frío que se sentía hasta en los huesos, llenando el aire de un misterio que parecía hablar directamente al alma. En Múnich, la Marienplatz era un poema de piedra, me impactó conocer el viejo continente. Bajo el cielo gris, las campanas resonaban como ecos de siglos pasados, mientras el viento helado acariciaba mi rostro, llevándome a imaginar las historias de amor, fe y anhelo que alguna vez se tejieron en ese lugar. Sentí que el frío era un abrazo de Europa que me daba la bienvenida.
Cuando llegué a Schwangau, los castillos Hohenschwangau y Neuschwanstein me transportaron a un mundo de fantasía. Cada sala era una ventana al alma soñadora del Rey Luis II de Baviera, la visión de un mundo ideal se materializaba en sus preciosas construcciones. Su persona incomprendida me hicieron sentir pesar y admiración. Allí entendí que la belleza absoluta es la única digna de la eternidad.
Austria
Innsbruck, rodeada de montañas que parecían catedrales naturales, me saludó con su pureza. Su aire frío y sus bellos paisajes calaron hondo en mí. Fue allí donde el espíritu encontró un respiro, una pausa en la contemplación perpetua.
Italia
En Val di Funes, mi apellido encontró su lugar en un rincón del mundo. Este pequeño pueblo, con sus verdes prados y montañas majestuosas, me hizo reflexionar sobre la conexión entre el hombre y su tierra, entre el pasado y el presente. Me hizo reflexionar acerca de mi linaje.
Venecia me ofreció romance . Sus canales, como espejos, reflejaban para mí bellas historias de amor, mientras las góndolas danzaban con la suavidad de un poema aún no escrito.
En Florencia, sentí el peso del Renacimiento. Los Médici, con su legado de arte y conocimiento, me recordaron que la grandeza no solo se hereda, se cultiva.
Pero fue en Roma donde conocí los cielos. La Basílica de San Pedro y la Capilla Sixtina se alzaron como pruebas tangibles de la capacidad humana para glorificar a Dios. Cada fresco, cada detalle, era una oración en colores y formas. En el Panteón, ante la tumba de Rafael, sentí que la belleza no muere, sólo cambia de forma.
En Milán, el Duomo se alzó con una gracia celestial, mientras que en Turín, la contemplación del Santo Sudario me conectó con el sacrificio más puro. Italia fue, para mí, un viaje a la perfección del alma y del arte.
Francia
Al cruzar un túnel de 12 kilómetros desde Italia, la nieve me recibió en Francia, como si la naturaleza misma bendijera mi entrada. En Versalles, cada salón de espejos reflejaba no sólo la opulencia del Rey Sol, sino también mis propios anhelos de embellecer el mundo. Allí entendí que la grandeza no es más que el arte de hacer eterna la belleza.
En París, visité la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo, pero únicamente me enamoré del Museo del Louvre.
En el Louvre, las esculturas de mármol, tan perfectas que parecían respirar, me confrontaron con la idea de lo divino hecho tangible. Frente a esas figuras, imaginé a Miguel Ángel, mi héroe, con su cincel en mano, luchando no solo contra la piedra sino contra los límites de la creación misma. Sentí su pasión, su fe y su tormento en cada detalle, en cada pliegue que parecía desbordar vida. Para mí, la escultura es el arte que más nos aproxima a ser como Dios. Me gusta imaginar que, así como nuestras manos moldean la piedra y dan vida a lo inerte, Dios, en su infinita perfección, nos esculpió a cada uno.
Los frescos y lienzos me hablaban en un lenguaje que no necesitaba traducción, me hicieron sentirme muy cerca de Cristo. En sus rostros estaba la promesa de redención y el testimonió que exisitió. Mirarlas era como asomarse al cielo, como si las mismas manos que habían dado forma a la creación guiaron el pincel de aquellos genios.
Mientras caminaba, sentí que Alejandro Magno estaba a mi lado, no como un conquistador, sino como un espíritu inquieto que buscaba lo infinito junto conmigo. Entre las obras, comprendí que sus sueños no eran solo de dominio, sino de trascendencia, una aspiración compartida por todos los héroes y reyes que admiro. En cada sala, cada obra, encontraba un rastro de ellos, de sus sueños, luchas y visiones.
El Louvre me conectó con Dios. En la proporción perfecta de las figuras, en la armonía de las composiciones, en la vida que parecía nacer de las mismas pinturas, sentí su presencia. Cada obra era una oración, una ofrenda que trascendía el tiempo. Allí, en ese espacio consagrado al genio humano, entendí que la belleza es la más pura manifestación de lo divino, y que en cada trazo, en cada forma, Dios estaba presente, llamándonos a contemplarlo y a creer.
La belleza como camino Divino
Este viaje me enseñó que el dinero, lejos de ser un fin, es un medio para glorificar a Dios a través de la belleza. Desde los castillos alemanes hasta los frescos italianos y los salones franceses, entendí que el arte y la fe son los caminos que nos llevan a lo eterno. Este recorrido no fue sólo físico, sino una búsqueda hacia la esencia misma de la vida: La belleza, si es sublime, se vuelve eterna y lo eterno es de Dios.
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