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Ensayo: Quisiera

Quisiera

Rodrigo Funes


Quisiera imprimir en estas palabras lo profundo de mis sueños y deseos. Busco expresar a traves del papel lo que no se puede decir. De un gran anhelo es prisionero mi corazón, pero hoy me libero de él, porque al escribir soy libre.


Confieso que quisiera, cómo quisiera, cortejarla. Recorrer los caminos de la conquista con devoción profunda. No busco un amor que se desvanezca antes de nacer, sino uno que reconozca el peso de lo eterno. Le llevaría flores: blancas, amarillas, azules y rosas. Le llevaría tambien rojas, para representar la pasión que en mi pecho arde. Le llevaría lilas, para que su perfume y romantico color le recordaran por las noches que la amo.


Le escribiría poemas como quien no teme hallar las palabras exactas para abarcar el océano que ella representa. Le diría en esas líneas lo que mi voz no es capaz de decir con elocuencia, porque hay cosas que no se gritan, cosas que nacen en el pecho y aunque es imposible darles forma, existen. Estoy dispuesto a regalarle un pedazo de mí, aunque aún no la haya conocido.


Quisiera caminar junto a ella por un parque. Que el tiempo y el mundo se olvidaran de nosotros. Que el sol se ocultara lentamente sobre nuestros ojos, como una cortina de oro que se cierra, y el viento nos contara los secretos de otros enamorados. Quisiera mirarla sin prisas, estudiar cada línea de su rostro y cada pliegue de su cuerpo, descubrir en sus ojos lo que nunca he encontrado en los míos: una respuesta. Y que, sin importar que el mundo continuara girando a nuestro alrededor, nosotros seríamos ajenos a él, estaríamos estáticos amándonos, porque para los dos, amar sería lo único importante.


Quisiera besarla. Besarla y al hacerlo, dejar una parte de mí y llevarme una de ella conmigo, volvernos uno. Quisiera que un beso fuera nuestra eternidad.


Quisiera despertarme a su lado. Abrir los ojos cada mañana y encontrarme con su rostro aún dormido, hermoso y frágil. Quisiera que el sol entrara por la ventana la toque con delicadeza, como yo quisiera hacerlo, y que el simple acto de verla respirar me recuerde que estoy vivo, que por fin estoy donde siempre quise estar.


Quisiera jugar con ella bajo la lluvia. Sí, tan sencillo como eso. Mojarnos de pies a cabeza, reírnos como niños sin preocuparnos. Quisiera amarla, compartir lo pequeño, lo cotidiano, lo que otros considerarían aburrido. En cada gota, yo vería un fragmento de felicidad, y en su risa encontraría el sentido de la vida.


Quisiera llegar a tener hijos. Seríamos padres desastrosos, pero llenos de amor. Quisiera enseñarle a mis hijos a ver el mundo como yo lo veo cuando pienso en ella: un lugar lleno de belleza, de aventuras y de amor.


Quisiera hacer con ella casa y pintar la cerca de blanco en el verano. Quisiera verla usando mi camisa vieja y la brocha en la mano, gotas de pintura sobre su mejilla y el sol dorándole el cabello, y en ese momento saber que no necesito nada más. Porque ¿qué más es el amor si no el deseo de compartir cada instante?


Quisiera viajar a Europa. Caminar con ella por los pasillos de un museo en París. Quisiera perderme con ella en las estrechas calles de Italia, donde el pasado y el presente se funden, como nosotros nos fundiríamos en un abrazo. Quisiera sentarme con ella frente a un lago en Alemania o leer un libro juntos en algún balcón de Roma. Quisiera conocer el mundo a su lado.


Quisiera envejecer a su lado. Ver cómo el tiempo nos deja huellas en la piel, pero aún verla igual de hermosa. Quisiera que nuestras manos, nunca se soltara. Esas mismas manos que pintaron cercas, que sostuvieron bebés, que escribieron poemas de amor y que se buscaron entre las sábanas cada noche. Quisiera que nuestros cabellos blancos sean testigos solo del tiempo, sino también que nos amamos.


Quisiera sacarle una sonrisa cada día. Quisiera decirle que la amo tantas veces, de tantas maneras distintas, que nunca deje de sorprenderse.


Quisiera rozar su piel con mis manos. Quisiera ser parte de ella, y que ella sea parte de mí, hasta que ya no sepamos dónde termina uno y dónde comienza el otro.


Lo único que debo hacer ahora es encontrarla.


Esa es la tragedia y la esperanza de este ensayo. Porque, aunque no la conozco, aunque aún no tengo su nombre ni su rostro, la siento tan cerca que duele. Ella existe, lo sé, y mientras tanto, yo la busco. La busco con la certeza de un viajero que sabe que su destino lo espera al final del camino, aunque el trayecto sea largo.


Quisiera verla. Cuando al fin la vea, cuando Dios me lo conceda encontrarla, entonces estas palabras dejarán de ser solo para mí. Entonces, ella las leerá, y sabrá que siempre fue para ella, aunque no lo supiera.


Por ahora, camino solo. Por ahora, estas palabras son mías. Por ahora, el mundo sigue girando, indiferente a mi búsqueda. Pero yo la encontraré. Y cuando lo haga, cuando por fin esté frente a ella, el tiempo se detendrá, el sol se inclinará ante nosotros, y yo le diré, con el corazón lleno de amor: Te estaba esperando.

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