Sin gloria ni laureles
Rodrigo Funes
Sin gloria ni laureles
Me fue entregado un gran talento
para las letras y la oratoria.
Quizá durante el renacimiento
Roma hubiese visto mi victoria.
El favorito de Papas y mecenas,
por mí habrían sido cautivados.
Mi nombre cantarían en Atenas
y mis discursos serían estudiados.
En las plazas de mármol y granito,
en foros, catedrales y salones,
testigo hubiese sido de mi hito
la multitud compuesta por millones.
De ese sueño estoy muy lejos,
hoy mi voz se pierde en el entorno.
Si al menos alguien lee lo que dejo,
sin gloria ni laureles me conformo.
Yo sí te quería
Brilla en lo alto la luna llena
y ululan los búhos a lo lejos.
El fuego se alimenta de la leña,
dormidos se encuentran los conejos.
Yo, sentado frente a la fogata,
solo, como un alma perdida,
siento como lentamente me mata
el recuerdo de nuestra despedida.
Tener que aceptar la realidad
es el peor dolor en esta vida.
Ahora que conozco la soledad,
entiendo por qué la gente se suicida.
Escucho suave el correr del río
y veo las luciérnagas titilar.
Estoy tan triste que hasta siento frío.
Me pregunto ¿será la muerte similar?
Los lobos aúllan y tengo miedo,
parece que inició la cacería.
De sus dientes no me salvará el credo.
¿Por qué te fuiste? Yo sí te quería.
Oveja o Coyote
Me pregunto en silencio cada día,
si otro rumbo debí haber tomado,
si era la senda de mi alegría,
o si por mi mente fui engañado.
¿Cómo hubiese sido? Me pregunto.
¿Hoy sería feliz o desdichado?
De ser sacerdote estuve a punto,
eso ha quedado en el pasado.
Si mi vestimenta fuera la sotana,
¿me daría alegría despertar?
¿Acaso la pobreza franciscana
capaz hubiese sido de abrazar?
¿Acaso junto a los benedictinos
elevaría hoy mi voz en coro?
¿Mi amor dirigido al campesino
y la oración sería mi tesoro?
Aún siento a veces el llamado,
de aquella vida contemplativa.
Si de esa vida me he apartado,
¿por qué aún la llama sigue viva?
En oración le suelo preguntar:
“Padre, ¿acaso te he perdido?”
Si su voz me invita a descansar:
“El hubiera no tiene sentido”.
El hecho de no haberlo logrado,
me hace dudar si era mi camino.
De soltar mi sueño me vi forzado,
tal vez fue parte de un plan divino.
Cuando la noche cubre mi ventana,
pienso aquello que no fue en la vida,
me ahoga el peso de una duda vana,
renace el sueño de una fe rendida.
Quizás no nací para ser sacerdote.
Quizás otra es mi naturaleza.
¿Soñé ser oveja, pero soy coyote?
Nunca podré saberlo con certeza.
No sé si erré al dejar ese camino,
ni si la sotana era mi llamada,
acepto la duda como destino,
¿Fiera perdida u oveja sagrada?
Una parte de mí se siente oveja,
pero tengo garras y colmillos.
Venenoso soy como la abeja,
pero canto en la noche con los grillos.
Saciar mi hambre quisiera con las flores,
y no con carne que sangra y grita.
Mas la vida me ha dado sinsabores,
púas rojas en mi reflejo vi.
Padre, mi entorno me ha vuelto fiera,
perdóname Señor por ser tan cobarde.
Dices que tu hijo a nadie rehúye,
guíame tú, no me dejes solo hoy.
Los 2 hermanos
Ya no es más una idea vaga,
por fin el horizonte entiendo:
es como el corte de una daga,
limpio y fino, hecho por el viento.
Ahora sé que el cielo es azul,
pero que otro es el color del mar.
El mar es negro, profundo y sin luz,
es un salvaje incapaz de domar.
Mientras tanto su hermano el cielo
es dócil y aunque a veces llora,
sus lágrimas limpian, otras son hielo
que el suelo de blanco decoran.
Y cuando el día duerme cansado,
el cielo se tiñe negro como el mar,
los dos se funden, se han perdonado,
ya no hay frontera, solo el soñar.
Porque el mar, aunque oscuro y violento,
también es espejo del bello cielo.
De noche borra la línea del viento,
que alguna vez Dios pintó con celo.
Ya no hay arriba ni abajo,
un solo cuerpo de calma y tempestad.
El cielo mira al mar en su abrazo,
el monstruo se deja y alcanza la paz.
La belleza
La belleza requiere tres aspectos:
perfección, proporción y claridad.
Está en la ausencia de defectos
su auténtico valor e identidad.
La belleza eleva el alma entera
del afortunado que la contempla.
Al corazón cubre de tal manera
que toda tempestad se ausenta.
Las montañas, las flores y el mar
son ejemplos puros de belleza.
Capaces son del alma transformar,
su fuerza está en la sutileza.
La belleza revela su sentido
en lo simple, lo puro y lo pequeño.
Como el ave que canta en su nido
o en quien piensa que la vida es sueño.
Ante nuestros ojos se despliega
un pergamino repleto de belleza.
Mas la humanidad camina ciega,
enfocada solo en su tristeza.
Si alzáramos la vista cada día,
veríamos la Tierra en su esplendor.
Su bondad nos colmaría de alegría
y sanaría del alma su dolor.
Consentimiento
Me gustaría tomarte de la mano
y juntos por un parque caminar.
Nunca me he sentido más humano
que al nuestro futuro imaginar.
Muchas veces he tenido que frenar
este impulso de amor que siento.
Incapaz sería yo de actuar
si no es con tu consentimiento.
Es real lo que en mi pecho siento,
puro como el amor de un niño.
Eres tú mi suspiro y aliento.
No quiero nada más que tu cariño.
Hay peores cosas
Entre la montaña algo descubrí,
verdad sencilla que antes ignoraba.
Un solitario y dulce colibrí
comía flores, libre, y se elevaba.
El colibrí volaba sin testigos,
a mí me susurraba la montaña:
"En esta vida no hay amigos,
tú eres trigo y ellos son cizaña".
Das tu bondad y nunca hay respuesta,
su amor se quiebra, frágil y mezquino.
La soledad se alza, callada y honesta,
como el mar hondo, puro y cristalino.
El colibrí comió y se alejó,
¿su hogar lejano acaso lo llamaba?
Voló hacia el bosque y me abandonó,
las ramas verdes lo ocultaban.
¿Tendrá algún nido el ágil pajarito?
¿Algún asteroide con una rosa?
¿O va tan solo como el Principito,
con su paciencia, su alma silenciosa?
Fue entonces que recordé aquel cuento:
"El Principito", tierno y fugitivo.
Errante en su pequeño firmamento,
dueño de un mundo frágil y perdido.
Me vi tan solo como el colibrí,
también igual que aquel Principito.
Brillaba la soledad dentro de mí,
¿acaso es este el infinito?
El Principito anduvo por planetas,
y sus amigas eran las estrellas.
Volaba en aves y en cometas,
¿Por qué la soledad será tan bella?
Recuerdo El Principito regresó,
su rosa paciente, lo esperaba.
¡Qué belleza! Su historia me marcó
y en la montaña lágrimas brotaban.
Cuando se está tan solo todo es infinito,
entonces el alma toca el cielo.
Entendí que no existe lo escrito
y que la soledad sana cualquier duelo.
El colibrí me dio su breve vuelo,
el Principito su mirada pura.
Yo hallé en mi soledad consuelo
y en la montaña encontré ternura.
Solo entendí que nada me faltaba,
que estar conmigo mismo era victoria.
La soledad serena me abrazaba,
y en ese instante conocí la gloria.
Desde la cima contemplé el gran mar,
su inmensidad cabía en mi mirada.
Allí entendí la fuerza de esperar,
hay cosas peores que vivir sin nada.
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