Albedrío: Libertad y responsabilidad
Rodrigo Funes
Tenía ganas de escribir acerca de este tema desde hace ya bastante tiempo. He visto en múltiples oportunidades, como a veces nos dejamos llevar por las opiniones de otras personas y dejamos de lado nuestro criterio personal. En este ensayo, hablaré de ese fenómeno, principalmente de cómo nuestras decisiones son influenciadas por aquellos a quienes llamamos líderes. Quiero expresar mi punto de vista respecto a esto, ya que creo es muy peligroso. Nadie será responsable ante Dios de nuestras decisiones, además de nosotros mismos y por eso debemos poner atención qué y a quién seguimos.
Desde los inicios de la humanidad, nos dice la biblia y muchos otros textos, que al ser humano se le fue dado un don fundamental: el albedrío. Este poder, dado por Dios, nos permite elegir entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre lo correcto y lo incorrecto. Pero este don no es una licencia para actuar sin consecuencias; al contrario, trae consigo una inmensa responsabilidad. Cada decisión que tomamos, cada paso que damos es un reflejo directo de nuestro albedrío, y las consecuencias de nuestras acciones son inevitables. Vivimos en un mundo que a menudo intenta ignorar y/o cambiar la verdad a su propia conveniencia. Promueven la idea de que nuestras acciones pueden justificarse o explicarse bajo la influencia de otros. Sin embargo, el albedrío que Dios nos otorgó es profundamente individual y no transferible. No podemos delegar la responsabilidad de nuestras elecciones ni descargar sobre los demás las consecuencias de lo que decidimos hacer.
Este principio, que coloca la responsabilidad directamente sobre los hombros de cada persona de manera individual, es central en la vida espiritual y moral del ser humano. Desde Adán y Eva en el Jardín del Edén hasta las parábolas y enseñanzas de Jesús, encontramos el recordatorio constante de que nuestras acciones nos pertenecen. En la caída de Adán y Eva, vemos cómo la decisión de desobedecer una orden directa de Dios condujo a una serie de consecuencias que no solo afectaron a Adán y Eva, sino a toda su descendencia. Pero lo más revelador de esta historia es que Dios no permitió que ellos evadieran la responsabilidad de sus actos. No podían señalar a otro culpable. A pesar de que la serpiente tentó y Eva compartió el fruto con Adán, cada uno fue llamado a rendir cuentas por su propio acto de desobediencia. En la historia de la caída, vemos simbolizada la naturaleza personal de nuestras decisiones y de sus resultados.
En nuestra vida diaria, a menudo buscamos razones o excusas para justificar nuestras acciones. Nos encontramos culpando a las circunstancias, a otras personas, a la sociedad o incluso a Dios. Sin embargo, si realmente comprendemos el alcance del albedrío, entenderemos que cada una de nuestras decisiones es una manifestación de nuestra libertad dada por Dios, y con esa libertad viene la inevitable obligación de asumir las consecuencias. Aunque las influencias externas puedan estar presentes, siempre tenemos la última palabra sobre lo que hacemos. Dios nos ha dado una conciencia, una brújula moral interna que nos permite discernir entre el bien y el mal, y no podemos simplemente ignorarla o apagarla cuando nos resulta conveniente. Somos llamados a ser dueños de nuestras elecciones y responsables de sus resultados, tanto en esta vida como en la eternidad. No podemos entregarle nuestro albedrío a otra persona por simplemente no querer pensar por nosotros mismos, eso se llama pereza.
El uso de nuestro albedrío aquí en la Tierra será muy importante en el Día del Juicio, cuando todos los seres humanos seamos llamados a rendir cuentas ante Dios. En ese día, no habrá lugar para las excusas o las justificaciones. No podremos decir que actuamos de cierta manera porque fuimos influenciados por líderes, por la cultura, o por las circunstancias de nuestra vida. Cada uno de nosotros se enfrentará a la verdad desnuda de sus decisiones, y seremos responsables por nuestras elecciones, por el bien que hicimos y por el bien que decidimos no hacer. En el Día del Juicio, Dios no considerará si seguimos ciegamente a otros, sino que evaluará la autenticidad de nuestras acciones en relación con la verdad que Su Hijo Jesucristo nos reveló cuando estuvo entre nosotros. Seremos juzgados por lo que hicimos con el conocimiento y el entendimiento que teníamos en nuestra vida. Esta responsabilidad puede sonar intimidante, pero también profundamente liberadora, porque significa que, en última instancia, somos los arquitectos de nuestro propio destino, como dijo Amado Nervo en su poema “En paz”.
Sin embargo, es importante comprender que el hecho que sea una responsabilidad personal no significa que debamos ignorar las enseñanzas de los demás. Las religiones han establecido guías, mandamientos y líderes espirituales para ayudarnos a comprender mejor el camino de la rectitud. No obstante, estas guías externas no son un sustituto de nuestra relación personal con Dios. Aquí es donde entra en juego un principio crucial que a menudo se malinterpreta: la fe no es ciega. Aunque algunas religiones pueden alentar una fe incuestionable, una verdadera y profunda fe es, en esencia, razonable. Dios no nos pide que apaguemos nuestra razón o que abandonemos nuestra capacidad de cuestionar, reflexionar y discernir. Al contrario, la fe auténtica debe ser una combinación de confianza y entendimiento, una combinación entre lo que creemos y lo que comprendemos de manera racional. Recordemos que el mayor poder de Dios es el conocimiento.
La razón y la fe no son fuerzas opuestas. La fe verdadera no se basa únicamente en seguir ciegamente lo que otros nos dicen, sino en la búsqueda activa de la verdad y la revelación personal de Dios. Debemos entender que no necesitamos intermediarios para hablar con Dios, somos sus hijos y Él quiere comunicarse con nosotros. El libre albedrío no solo nos otorga la capacidad de tomar decisiones morales y éticas, sino también la posibilidad de recibir guía divina de manera directa. La revelación personal es un derecho y una bendición para cada uno de nosotros. En las Escrituras, Dios se ha comunicado directamente con personas individuales, sin la necesidad de que otros actúen como puente. Moisés, Abraham, otros profetas y los apóstoles recibieron revelación directa, y lo mismo puede ocurrir hoy en día con nosotros, si nos acercamos a Él con sinceridad y humildad.
No debemos subestimar la importancia de buscar y recibir revelación personal. Los líderes religiosos, los textos sagrados y las tradiciones pueden guiarnos, pero la relación con Dios es profundamente individual y directa. A medida que cultivamos esta relación, aprendemos a confiar más en nuestra capacidad de discernir la voluntad de Dios para nuestras vidas. Al final, seremos responsables de las decisiones que tomamos en función de la revelación personal que Dios nos da y la guía que otros hombres pudieron ofrecer. Así como somos responsables de nuestras acciones, también lo somos de nuestra fe, de cómo la nutrimos y cómo buscamos la verdad directamente de su fuente.
Este principio de responsabilidad personal frente a nuestras acciones y frente a nuestra relación con Dios es la base de una vida verdaderamente libre y plena. El libre albedrío no es una carga, sino una oportunidad de crecimiento espiritual. Cada elección que tomamos, cada acción que realizamos, es una oportunidad para demostrar nuestra fidelidad a Dios y nuestra capacidad de actuar de acuerdo con su voluntad. Debemos escoger a Dios siempre, pensando: “¿Qué haría Jesús?”. Y aunque la vida puede estar llena de influencias externas, tentaciones y desafíos, al final, somos nosotros los únicos responsables de nuestras elecciones. Al aceptar esta verdad, nos liberamos de la necesidad de buscar culpables fuera de nosotros mismos y aprendemos a vivir con integridad y autenticidad.
En el Día del Juicio, enfrentaremos nuestras decisiones con claridad. No habrá espacio para excusas ni justificaciones. Seremos confrontados con la realidad de nuestras vidas. Este enfrentamiento con la verdad no debe llenarnos de miedo, sino de esperanza, porque es en esa rendición de cuentas donde reside nuestra verdadera libertad. Solo siendo plenamente responsables de nuestras decisiones y acciones, podemos ser verdaderamente libres. Así seremos nosotros los únicos responsables de nuestra salvación o condena.
Invito a mis lectores a analizar su vida y agradecer por el hermoso don del albedrío que Dios nos ha dado. Demostrémosle al Padre que queremos volver con Él.
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