Corazones en la tormenta: vale la pena arriesgarse
Rodrigo Funes
La tarde en el parque estaba bañada en los cálidos tonos del atardecer, con el sol hundiéndose lentamente detrás de los árboles que rodeaban la laguna. El aire era fresco y el crujir de las hojas al moverse con el viento creaba un ambiente de paz. Javier, un hombre de mirada penetrante y porte elegante, caminaba con paso firme por el sendero cubierto por hojas de color naranja. Había llegado al parque para escapar de su rutina habitual, buscando un momento de calma. Aunque era un hombre seguro y acostumbrado a obtener lo que quería, sentía que algo faltaba en su vida, algo que no podía encontrar.
Javier era un abogado brillante. Al salir de la facultad de derecho comenzó a trabajar en uno de los bufetes más prestigiosos de la ciudad y a su reputación creció rápidamente. Sin embargo, ese éxito le había cobrado un precio elevado. A medida que su agenda se llenaba de juicios, reuniones y negociaciones, su vida personal se volvía cada vez más solitaria. Javier se había alejado de su familia y amigos. Las relaciones que una vez valoró fueron quedando en el camino, frente a la constante presión por mantener su estatus profesional. A pesar que los veía esporádicamente, ya no era lo mismo.
En ese momento de su vida se encontraba Javier, con dinero en el bolsillo, pero a nadie a quien amar, cuando sus ojos se detuvieron en una mujer que caminaba a la orilla de la laguna. Ella tenía un andar ligero, un vestido de flores que bailaba con la brisa y una cabellera castaña que brillaba con los últimos rayos de luz de esa preciosa tarde. A su lado, un pequeño chihuahua saltaba con alegría, persiguiendo su propia sombra. Javier sintió un interés genuino, una atracción casi irresistible hacia ella. En ese instante, supo que tenía que acercarse. Decidió usar al perro como la excusa perfecta.
Javier se acercó a ella y se inclinó ligeramente hacia el suelo, extendiendo la mano y chasqueando los dedos para llamar la atención del pequeño. El perro, curioso, corrió hacia él con agudos ladridos juguetones. Isabel, la dueña del perro, se giró sorprendida y lo llamó rápidamente.
—¡Bobby, ven aquí! —ordenó con una mezcla de dulzura y autoridad. Isabel era una mujer experimentada en los caminos del amor, con una vida de historias agridulces que la habían vuelto cautelosa. Sin embargo, al ver a Javier, no pudo evitar sentirse intrigada por su confianza.
—No te preocupes, no me lo llevaré. —dijo Javier con una sonrisa relajada mientras acariciaba a Bobby— Parece que le caigo bien.
Isabel le devolvió una sonrisa ligera, pero mantuvo sus ojos enfocados en él, evaluándolo.
—No siempre es tan amistoso con los extraños —comentó, con una pizca de curiosidad.
—¿Tal vez no soy tan extraño, entonces? —replicó Javier, encontrando la mirada de Isabel con seguridad. Se quedó de pie, tranquilo, sin prisa alguna, disfrutando del momento—. Soy Javier, por cierto.
—Isabel —respondió ella, no del todo desconfiada, pero claramente no era fácil de impresionar—. ¿Vienes mucho por aquí?
—Lo suficiente como para saber que nunca te había visto. —dijo él, su tono suave pero directo—.
Isabel río suavemente, sorprendida por su franqueza.
—Eres bastante directo, Javier —comentó, mientras Bobby correteaba a su alrededor.
Isabel sintió un cosquilleo en su pecho. Había algo en la confianza de Javier que la desarmaba, una sinceridad que no veía a menudo. Durante unos minutos, conversaron sobre cosas simples: el parque, el clima, la raza del perro. Sin embargo, cada palabra parecía cargar una corriente subterránea de algo más profundo.
—¿Sabes? —dijo Javier, su voz más seria que antes—. Siempre he creído que hay momentos que pueden cambiarlo todo. Siento como si algo me dijera que de un paso más hacia ti ¿Lo sientes también?
Isabel decidió ignorar la pregunta, no sabía que responder; sin embargo, lo miró fijamente a los ojos, como si hubiera algo dentro de él que quisiera comprender. Había conocido a muchos hombres en su vida, pero pocos hablaban con la sinceridad que Javier mostraba. Él era diferente.
Javier dio un paso más cerca, sin romper el contacto visual.
—Siento que debería invitarte a salir esta noche —dijo, su voz firme y segura, como si no hubiera otra opción en su mente—. Me gustaría conocerte.
Isabel lo miró con intensidad. Podía sentir la lluvia inminente en el aire, como un señal. Antes de que pudiera responder, un trueno resonó a lo lejos, y el cielo, que había estado tan claro momentos antes, se oscureció rápidamente.
—Parece que el universo te está ayudando con tu plan —dijo ella con una sonrisa divertida—. Va a llover.
—Dios sabe lo que hace —respondió él con una risa, mientras guiñaba un ojo—. Déjame acompañarte a casa. No sería correcto dejarte sola en la lluvia.
Isabel aceptó con un ligero asentimiento, y juntos caminaron bajo las primeras gotas de lluvia, con Bobby corriendo felizmente a su lado. Llegaron al pequeño apartamento de Isabel justo cuando la lluvia comenzó a caer con fuerza. Isabel, riendo por el estado empapado en el que estaban, lo invitó a entrar.
—Espera aquí, voy a buscar toallas —dijo ella mientras se alejaba al interior.
Javier se quedó en la sala, observando los detalles que contaban la historia de Isabel: los libros desordenados, las fotografías, los cuadros de paisajes en las paredes y un radio que estaba encendido cuando llegaron. Se sintió atraído no solo por su belleza, sino también por la complejidad que parecía habitar en ella.
Isabel volvió con las toallas y comenzó a secarse el cabello. Observó a Javier mientras él se movía por la sala, sus pensamientos daban vueltas en su mente. Había algo magnético en él, algo que la invitaba a bajar la guardia y explorar más allá de lo que normalmente se permitía. Había conocido a muchos hombres que hablaban con confianza, pero pocos que lo hacían con la honestidad cruda que él mostraba.
No podía evitar preguntarse si había sido un error dejarlo entrar. No solo en su apartamento, sino en su vida. Había aprendido a protegerse después de tantas heridas, de tantas decepciones. Y, sin embargo, había algo en Javier que la hacía querer arriesgarse. Javier había aparecido de repente en su vida, como un destello en medio de su rutina cuidadosamente construida. Y, por primera vez en mucho tiempo, Isabel sintió el deseo de no huir de esa posibilidad.
—No todos los días conoces a alguien con tú mirada—dijo él, su tono suave pero directo—.
—¿Y cómo es que miro? —preguntó ella, sintiendo su corazón latir más rápido.
—No sólo me ves, me estudias. Como si buscaras algo en mí, pero no creo que sepas qué estás buscando —dijo, acercándose un poco más, con una sonrisa que mezclaba confianza y deseo—. Y me gusta eso.
Isabel, sin decir una palabra, se acercó lentamente a él y lo besó, llevada por un impulso que no podía ni quería controlar. El beso fue profundo, lleno de una pasión contenida por demasiado tiempo. La lluvia golpeaba fuerte contra las ventanas, pero dentro del pequeño apartamento, el tiempo se detenía.
Mientras sus labios se separaban y el aliento se mezclaba en la oscuridad del apartamento, Isabel se sintió diferente, como si algo dentro de ella hubiera despertado. No era solo deseo; era la sensación de estar al borde de algo significativo, de algo que podría cambiar todo si se permitía sentirlo.
—Quédate, Javier —dijo ella cuando se separaron, con la respiración agitada—. Esta noche, solo quédate.
La tormenta arreciaba afuera, y los relámpagos iluminaban por breves instantes la habitación con un destello suave. El viento golpeaba las ventanas, mientras el sonido de la lluvia simulaba una música relajante y el radio aún sonaba distante. Dentro, Isabel y Javier se encontraban bajo esa luz tenue, envueltos en un momento que parecía contener una eternidad.
Sus cuerpos se movían con una sincronía perfecta, como si estuvieran bailando una coreografía antigua que conocían de memoria. Una coreografía que no debía ensayarse, una que fue heredada por sus ancestros y aunque ambos llevaban tiempo sin realizarla, la conocían muy bien.
Y así, mientras la tormenta rugía afuera, Javier e Isabel se encontraron en la danza del amor, bajo el compás de una canción que sus corazones entendían sin necesidad de palabras. Con la certeza de que habían encontrado algo por lo que valía la pena arriesgarse.
En ese momento, Isabel olvidó todas sus decepciones pasadas y Javier no pensó ni por un segundo en el trabajo, se encontraban presentes en el ahora ¿Serán realmente el uno para el otro? ¿Será esta una noche más en las decepciones de Isabel? No importa, porque ¿Que es el amor si no arriesgarse? ¿Acaso no es eso lo maravilloso de estar vivos? Vivir y experimentar sin intentar controlarlo todo, dejar que los sentimientos fluyan y embarcarse en esta maravillosa travesía de encontrar a nuestra otra mitad.
Puede ser en la universidad, la iglesia, el trabajo o en un parque, como Javier e Isabel, en donde se encuentre el amor de nuestra vida, pero nunca lo sabremos si no nos arriesgamos. Pero ¿Y si me rechaza? Que importa, ¿No acaso estaba solo antes? La vida es para los valientes, para los que toman al toro por los cuernos, para los que no se rinden.
El futuro de Javier e Isabel es incierto, pero de algo estoy seguro: Disfrutaron esa noche.
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