Bajo el sol y entre la caña
Rodrigo Javier Funes
Esta historia
trágica de amor prohibido toma lugar en un pequeño
pueblo de Guatemala, donde no hay electricidad, alcantarillado ni escuelas. Aquí la gente despierta antes que el sol y vuelve a casa mucho después que este se oculte. Cuando el cielo todavía es gris y a la tierra la
cubre la niebla, los
hombres ya camina hacia los cañales con el machete al hombro, y las mujeres encienden el fuego para
cocer el maíz
y comenzar el día.
El campo de caña de azúcar se extiende como un mar verde, interminable y engañoso. Desde lejos parece hermoso, pero por dentro es otro mundo: el calor quema la piel, las hojas cortan como cuchillas finas, los mosquitos zumban en los oídos y el sudor no se seca nunca. Cortar caña es una lucha constante contra el cansancio, el hambre y contra la esperanza misma.
Entre todos esos hombres se encuentra Ernesto.
Es fuerte, de espalda ancha y manos endurecidas por el trabajo. Camina con la seguridad de un hombre
que se ha hecho
a sí mismo y gana el pan
de cada día con el sudor de su
frente. Es muy bueno, pero tiene un defecto: le gustan mucho las mujeres y no le importa si están comprometidas o casadas. Le va muy bien con ellas, ninguna se le resiste. Y aunque
lejos está de ser el más guapo, hay algo que no se puede negar: cuando levantaba
la voz y canta
entre los cañales, el campo entero parece detenerse. Por un momento, cuando
Ernesto canta, la caña ya no corta
y el sol para de quemar.
Su voz es limpia, profunda, como si no perteneciera a ese lugar de fatiga. Canta mientras el machete cae una y otra vez, y el ritmo de su trabajo se vuelve música. Los hombres lo escuchaban en silencio, y las mujeres, desde lejos, sienten como empieza a palpitar su corazón.
Entre todas ellas se encuentra Celeste.
Celeste es distinta. No solo por su belleza, que era evidente, sino por la forma en que parecía no pertenecer del todo a ese pueblo. Sus ojos, claros como el cielo después de la lluvia, le habían dado su nombre. Su piel blanca contrastaba con la de las demás mujeres, y sus manos eran suaves, aunque ella también tejía, también ayudaba, también vivía como todas, era diferente.
Sus padres habían decidido su destino mucho antes de que ella pudiera elegir. Arturo, un hombre rico y respetado, dueño del ingenio azucarero, ofreció una gran suma de dinero por ella y sus padres la vendieron sin preguntar. Cada noche, mientras el día de la boda llegaba, Celeste debía sentarse a cenar con él. No como invitada, sino como algo
que ya le pertenecía.
Arturo era un hombre
mayor, de mirada
pesada. No levantaba la voz, pero su presencia bastaba para incomodar. Era un
hombre tosco y aunque con dinero, sin educación. La trataba como si fuera parte de la casa, como una silla o una mesa y le exigía
silencio y obediencia.
Celeste podía sentarse a cenar allí, pero no llevaba el corazón. Aunque su cuerpo
estaba obligado a permanecer, su mente escapaba hacia donde realmente
deseaba estar: los caminos del pueblo y los cañales, al lado de Ernesto. Aquel hombre que para Arturo no era más que un peón, un don nadie, un “indio”, era precisamente quien había conquistado su
corazón.
Era un amor que no había sido tocado, pero que ya existía con fuerza. Un amor que crecía en el silencio, alimentado por la distancia, el peligro y la expectativa. Cada cruce de miradas era una promesa que ninguno se atrevía a decir. Se amaban locamente, pero sus caminos no estaban destinados a juntarse.
Hasta que Ernesto decidió romper el destino.
No pidió permiso. No buscó aprobación. Una noche, cuando el pueblo dormía y el cansancio había vencido a todos, tomó a Celeste y la sacó de su casa. No hubo palabras. Solo el miedo de ser atrapados y la adrenalina de por fin poder amarse sin restricciones.
Huyeron.
Caminaron en la oscuridad, dejando atrás el pueblo, los cañales, las miradas y aquella vida de opresión. Llegaron a la casa del hermano de Ernesto, una construcción humilde, perdida entre caminos de tierra, lejos de todo.
Ahí, por primera vez, fueron libres.
Los días pasaron como si no pertenecieran al tiempo. Cinco días en los que el mundo dejó
de existir. Ernesto ya no era solo el hombre del machete y la canción; era un hombre que
amaba. Celeste ya no era una “propiedad”; era una mujer libre, que elegía con quien estar.
En esas noches, bajo un techo pobre pero sincero, sus cuerpos se encontraron. Ernesto la hizo suya, y Celeste se entregó sin medida. Cada noche era intensa, urgente, como si ambos supieran que aquello no iba durar.
El amor dejó de ser mirada y se volvió vida.
Y sin que nadie lo supiera, ni siquiera ellos, algo empezó a crecer dentro de ella. Pero mientras ellos vivían ese pequeño paraíso, alguien acechaba desde fuera. Arturo los buscaba.
Él no iba a aceptar su derrota ni iba a quedar en vergüenza. En su lógica, él era dueño de Celeste porque la había comprado y no barata. Movió a sus trabajadores, preguntó, investigó, y poco a poco, como el sabueso que sigue un rastro invisible, los encontró. Supo dónde estaban.
La quinta noche de Ernesto y Celeste llegó con un silencio distinto.
La oscuridad cubría la casa cuando el relinchar de los caballos rompió la calma. No hubo aviso. No hubo duda. La puerta se rompió con violencia, y la casa se llenó de miedo.
Arturo venía armado y no venía solo.
El hermano de Ernesto apenas tuvo tiempo de abrir los ojos, cuando un disparo seco atravesó su frente. Cayó sin comprender, sin defenderse, sin despedirse.
Ernesto despertó con el estruendo. El peligro estaba ahí, inmediato, irreversible. Intentó huir por la ventana, tomó a Celeste, pero afuera ya los esperaban.
Fueron atrapados.
El aire se volvió pesado. El paraíso se rompió. Y a los amantes los poseyó un escalofrío horrendo, era la realidad.
Dentro de la casa, todo ocurrió con una frialdad brutal. Celeste fue sujetada. No podía moverse. No podía cerrar los ojos. Tenía que ver, la obligaron a hacerlo.
Ernesto también lo entendió: era su fin.
Arrodillaron al amante y tras la orden de Arturo los machetes brillaron bajo la luz de la
luna. Lo que siguió fue lento, cruel y despiadado. El cuerpo de Ernesto dejó de ser el de un hombre
fuerte y terminó como una pila de carne. Cada golpe borraba lo que había sido. Su voz, la que llenaba
los cañales, dio su último
grito y desapareció en el dolor.
Murió sin dejar de mirar a Celeste. Murió sin arrepentimiento, amándola hasta el último suspiro.
Y parte de Celeste murió con él.
Cuando todo terminó, el silencio regresó, pero ya no era el mismo. Era un silencio roto, manchado e interrumpido únicamente por los sollozos de una mujer que lo había perdido todo.
Arturo se acercó a ella. La obligó a mirar el cuerpo desmembrado de su amante. La obligó a jurar amor eterno y lealtad hacia él o si no la mataría.
Ella entendió que no había salida. Y juró.
La llevaron de vuelta. Ya no era una mujer libre, estaba vencida y triste.
La finca la recibió como si nada hubiera pasado. La vida continuó alrededor, indiferente. Pero dentro de esa casa, el infierno estaba por encenderse.
Esa misma noche, Arturo decidió tomar lo que creía suyo. Decidió dormir con Celeste, no por amor, ni siquiera por deseo, sino para humillarla.
Pero algo no era como debía.
Lo notó de inmediato. Y la rabia creció en él como fuego. Celeste ya no era virgen. Lo sospechaba, pero se había negado a la idea. Arturo pensó: “Esta mujer ya no vale nada, perdí mi dinero”.
Ahí estaba Celeste, tumbada desnuda en la cama, con miedo. De pronto vio como Arturo se levantó, sin decir nada y sacó de la mesa de noche un arma.
Solo un disparo.
La bala atravesó su pecho y el colchón. Sus ojos, aquellos ojos azules, quedaron abiertos, vacíos, mirando hacia el vacío. Celeste sintió una mezcla de miedo y paz. Miedo, porque iba a morir y paz, porque ya no estaría más con ese monstruo.
Y con ella, sin que nadie lo supiera, murió también la vida que llevaba dentro.
El pueblo siguió despertando antes que el sol. Los hombres volvieron a los cañales.
Las mujeres al tejido. El viento siguió pasando entre las hojas, produciendo ese sonido suave que
parece un susurro.
Pero a veces, cuando el día está quieto y el calor es insoportable, algunos dicen que se escucha una voz.
Una voz que canta.
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